¿El amor todo lo puede?, ¿Si te quiere cambiará?, ¿Amar duele?, ¿Nadie te va a querer como yo?, ¿Voy a quererte siempre? Estas son algunas preguntas que toda persona ha leído o escuchado en formato de afirmación alguna vez, por no decir muchas. Todas ellas están consideradas como mitos del amor romántico. Mitos que nacen de un mito, pues los orígenes del concepto de “amor romántico” no son otros que la propia mitología griega, de donde nace el famoso ideal de que existe “nuestra media naranja”. Un ideal que pervive en nuestros tiempos. Su legado está presente en numerosos aspectos cotidianos y, aunque cada vez es más común cuestionar su validez, resulta difícil de rechazar por completo.

Las elevadas cifras de divorcios (En España se producen casi 7 rupturas por cada 10 matrimonios), o las numerosas relaciones que no concuerdan con el ideal romántico-heterosexual y monógamo- dejan en evidencia la clásica ficción del hombre y la mujer que se casan para toda la vida. De hecho, cada vez son más habituales los modelos de familia que se salen de este canon. Además, las relaciones que rompen con la monogamia tienen cada vez más presencia en la esfera pública, pero la aceptación social que merecen dista mucho de ser tangible todavía. Es cierto que  son muchos los medios españoles que han publicado contenidos acerca del tema en el último año, como es el caso de El País, El Mundo, Eldiario.esEl Confidencial…  Sin embargo, la posibilidad de hablar tranquila y abiertamente de tres o cuatro amantes en la cena de trabajo o en la comida familiar de Navidad, no parece para nada una tarea fácil.

Hay personas que ya están inmersas en relaciones distintas a las que nos han vendido desde que empezamos el colegio y colectivos como Poliamor Madrid, Amor Libre Spain o Golfxs con principios lo demuestran. Aun así, seguimos escuchando frases como “El verdadero amor mueve montañas”, “No puedo vivir sin ti”, “Si siente celos es porque te quiere de verdad” o  “Sin ti no soy nada”. Las ideas del amor romántico calan fuerte. Empiezan a penetrar en nuestro cerebro durante la infancia, se intensifican en la adolescencia, y logran sobrevivir en la edad adulta. A pesar de que cada vez es más común criticar la toxicidad implícita en esta forma de concebir el amor, sigue siendo el modelo imperante en nuestra sociedad occidental. E incluso quien lo asume como una quimera irrealizable y considera esta obsesión una pura construcción social, se sorprende a sí mismo generando expectativas acordes a lo establecido cuando piensa en sus relaciones personales. La teoría y la práctica, como en tantos aspectos de nuestras vidas, no siempre van de la mano. Reconocer el problema no es suficiente para huir de todo un sistema, y mucho menos para romper con él.

Las actitudes controladores, celosas, dominantes y posesivas son elementos ligados a las relaciones afectivas que conocemos hoy en día. Muchas veces, derivan en violencia de género. No necesariamente física. Y es que el vínculo entre el amor romántico y la violencia machista es evidente.  En las relaciones heterosexuales, aunque nadie suele librarse de  la frustración que provocan las ilusiones y expectativas del amor romántico, suele ser el género femenino el que sufre las consecuencias de los sentimientos de posesión y control, que puede verse despreciado, por ejemplo, por llevar una falda corta. Sin embargo, el amor romántico no influye solamente en las parejas heterosexuales. Los celos patológicos, la manipulación emocional y las actitudes controladores también se dan en muchas relaciones LGTB. 

Nuestra cultura ayuda a perpetuar el amor basado en la desigualdad: canciones, poemas, novelas, películas o anuncios publicitarios no hacen más que alimentar estas convicciones y leyendas. Una solución o un cambio de mentalidad no parece fácil ni realizable a corto plazo. La conciencia colectiva sobre el fenómeno sigue siendo débil y, además, no está claro que alternativas como el poliamor consensuado, la anarquía relacional o el amor libre, que ya definieron algunas feministas en el siglo XIX, no puedan dar lugar a expectativas e ideales igualmente irrealizables y frustrantes. ¿No habrá celos? ¿No dolerán las rupturas? ¿Y si a ti te dedica menos tiempo?

Las reivindicaciones poliamorosas y el rechazo de la monogamia prometen erradicar los males del amor, pero el tema es complejo. Los retos colectivos pasan por un difícil trabajo individual, un aprendizaje, pues no siempre se gestionan las dudas e inseguridades de la misma forma. Aunque no lo parezca, en muchas ocasiones, los amores no monógamos también se ven influenciados e inspirados en  creencias o roles heredados del amor romántico. Es difícil desprenderse de la opresión intrínseca a los ideales románticos dominantes y liberarse del entramado que tantos siglos lleva perpetuándose. Desde la ruptura formal de la monogamia que puede suponer mantener varias relaciones afectivas a la vez, hasta alcanzar la deconstrucción de los mitos románticos y su influjo sistematizado en la práctica, hay todavía una larga partida por jugar.

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