El poliamor supone mantener más de una relación simultánea, estable y sexual con el consentimiento de todos los implicados. ¿Lo ves posible?

El imaginario colectivo está construido sobre la idea de las relaciones monógamas, del amor en pareja, a pesar de que el deseo y los afectos funcionan en realidad de manera distinta. ¿Quién no ha sentido atracción por otras personas pese a estar emparejado o ha encontrado dificultades para elegir a una sola de las que le gustaban? Las estadísticas constatan que la monogamia estricta es minoritaria; de ahí surge la necesidad de entender la alternativa del enamoramiento múltiple desde un perspectiva científica.

Algo falla en la casi universalmente extendida cultura del Arca de Noé, basada en el emparejamiento, para que emerjan otras opciones, como el poliamor a poliamoría, nacido en EE. UU. en los años 60. Los seguidores de esta corriente, constituida en un verdadero movimiento con sus principios teóricos y sus líderes, creen que una relación compuesta por más de dos personas es normal, inherente a la naturaleza humana, tan respetable como la monogamia y que ha estado presente en muchas épocas, aunque casi siempre de forma oculta, porque las convenciones sociales la sancionaban. Pero aun así, ha habido personajes famosos y rebeldes, caso del poeta inglés Shelley, las escritoras Anaïs Nin y Simone de Beauvoir y el filósofo Bertrand Russell, que se atrevieron a optar abiertamente por una relación múltiple como opción de vida.

POLIAMOR

Pero ¿se puede querer a dos personas a la vez y no volverse loco? Según los poliamorosos, sí. Terisa Greenan, una de sus promotoras, vive con dos hombres, a su vez enamorados entre sí. Esta directora y actriz norteamericana es la autora del serial semiautobiográfico de veintiún episodios Family: the Web Series, donde explora la relación de un trío de personajes –dos hombres y una mujer– que viven en Seattle. Para Greenan, la clave para que este tipo de vínculo funcione “es que cada uno de los implicados tiene que saber de la existencia del otro –u otros–. Y no puede haber escalafones, esto es, nadie es el primero, ni nadie el segundo. Así no se producen rivalidades, porque ninguno se siente celoso del otro. Todos saben que aportan cosas diferentes a la relación”.

Un fenómeno creciente

Otra conocida que ha declarado públicamente su militancia poliamorosa es la actriz y modelo inglesa Tilda Swinton, que comparte su cama y su corazón con dos hombres. Pero el movimiento no es solo cosa de famosos. Según las últimas investigaciones, al menos el 5% de la población estadounidense está inmersa en algún tipo de relación amorosa no monógama; en España, las cifras podrían ser similares. Esto indica que la sociedad se abre progresivamente a enlaces y opciones de convivencia más allá de la pareja tradicional.

Pongamos el caso de dos sujetos reales que llamaremos Andrés y María, para no revelar su identidad. Hasta hace unos años, formaban una pareja convencional, como tantas otras. Hoy, después de muchas conversaciones y acuerdos, se definen como poliamorosos. María propuso abrir la relación cuando descubrió que también estaba enamorada de otra mujer. Andrés aceptó cambiar el marco en el que se desenvolvía la pareja y, poco después, empezó a salir con una compañera de oficina, amiga de María. Esta, por su parte, terminó la primera relación y ha establecido un nuevo vínculo con otro hombre.

Andrés y María conocen a los otros compañeros y, de hecho, la relación ha estado cerca de convertirse en un trío, pues han compartido vacaciones y se han llegado a plantear vivir así. Para María, el éxito de la fórmula es la comunicación: “El poliamor exige más palabras que la relación tradicional. Invertimos mucho tiempo en explicarnos, en contar a los otros nuestros sentimientos. Pero vale la pena. Ahora sé lo que está pasando en todo momento, mientras que antes, cuando estaba sola con Andrés, no estaba segura”.

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La sinceridad es clave para evitar el modus operandi de la pareja convencional, en el que la infidelidad puede existir, pero se oculta. De hecho, la monogamia, como ya se ha mencionado, no es tan habitual como se dice. Según una encuesta de Sondea hecha en 2001 en España, la tercera parte de los entrevistados, tanto hombres como mujeres, habían sido infieles alguna vez. Pero a la pregunta de si tendrían una aventura fuera de la pareja sabiendo con seguridad que no iban a ser descubiertos, el porcentaje de infieles potenciales subía al 50%.

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